Hay noticias científicas que te obligan a mirar el suelo de otra manera. Un equipo internacional liderado por la Universidad de Cantabria ha analizado dos rastros de huellas del Cretácico Inferior en La Rioja y ha llegado a una conclusión tan sencilla como potente: esas pisadas no solo permiten estimar la velocidad, también cuentan cómo corrían los dinosaurios que las dejaron.
La Torre (Igea), 120 millones de años y un “sprint” fosilizado
El estudio se centra en el yacimiento de La Torre, en Igea, donde se conservan dos rastros de terópodos no avianos, es decir, terópodos que no eran aves. Las huellas quedaron impresas hace unos 120 millones de años y corresponden a algunos de los dinosaurios carnívoros más rápidos documentados hasta ahora a partir de icnitas.
Dos rastros casi gemelos… pero con una forma de pisar distinta
Lo curioso es que ambos rastros están en la misma superficie y se generaron en condiciones sedimentarias muy parecidas, con animales de tamaño y morfología similares. Y, aun así, las huellas no se “dibujan” igual, en un rastro predominan pisadas marcadas casi solo por las puntas de los dedos, mientras que en el otro aparecen impresiones más completas, donde llega a participar la parte trasera del pie (incluido el metatarso). Esa diferencia, según los investigadores, refleja cambios dinámicos en la forma de correr.
Más que zancadas: postura, fuerzas y centro de masas
Hasta hace no tanto, muchos trabajos se quedaban en la fórmula clásica: medir zancada y calcular velocidad. Aquí el equipo va un paso más allá y relaciona la velocidad extrema con la postura del pie, la distribución de fuerzas sobre el terreno y la posición del centro de masas durante la carrera. La idea se entiende rápido: si el centro de masas va más adelantado, el animal tiende a apoyar más “de puntillas”; si va algo más retrasado, aumenta la superficie apoyada y la huella recoge más parte del pie.
Huellas en 3D: cuando el barro se convierte en biomecánica
Para llegar a estas conclusiones, el equipo ha trabajado con modelos tridimensionales de alta resolución obtenidos mediante fotogrametría, midiendo geometría y profundidad de cada pisada con mucha precisión. Con esos detalles se pueden reconstruir “momentos” de la carrera, fases comparables a aceleración, velocidad sostenida o impulso, sin necesidad de ver al dinosaurio, basta con leer bien lo que dejó escrito en el suelo.
Cameros, un laboratorio a cielo abierto… y Cabárceno como banco de pruebas
El trabajo también recuerda el enorme valor científico de la cuenca de Cameros, una de las zonas con mayor concentración de huellas de dinosaurio, con cientos de yacimientos documentados. Y abre una línea experimental muy llamativa: la UC trabaja en colaboración con el Parque de la Naturaleza de Cabárceno para medir, con plataformas de presión, cómo caminan y corren animales actuales como el avestruz, usado como análogo funcional para comparar patrones de fuerzas con lo que se infiere en las huellas fósiles.
Al final, el mensaje es bonito y bastante riojano, en Igea no solo tenemos icnitas para hacer la foto; tenemos un “archivo” del movimiento, una especie de cámara lenta de hace millones de años, esperando a que la tecnología y las buenas preguntas lo pongan a hablar.