En Igea, como en el resto de La UE, toca esta madrugada el pequeño sobresalto de cada primavera. Cuando el reloj marque las 2, saltará directamente a las 3 en la madrugada del domingo 29 de marzo, así que la noche tendrá 23 horas y dormir una menos no será una metáfora, sino una realidad bastante poco negociable.
La escena tiene algo de tradición nacional y algo de broma pesada. El cambio abre oficialmente el horario de verano y regala tardes más largas, terrazas con mejor cara y la sensación de que el día se estira con ganas. A cambio, pide un peaje modesto pero muy humano, un bostezo de más, un café más decidido y esa duda eterna de quién se acordó de cambiar el reloj del coche.
La discusión sobre si este ritual tiene los días contados sigue viva, aunque no rematada. La Comisión Europea ha publicado ya el calendario de cambios entre 2027 y 2031, señal de que el sistema sigue en pie, pese a que desde hace años se debate en Bruselas su posible supresión y a que en España el Gobierno ha vuelto a plantear que 2026 podría ser el último curso de este baile horario. Por ahora, la política no ha logrado lo que sí consigue el despertador, poner a todo el mundo de acuerdo a la fuerza.
Además, el argumento clásico del ahorro energético ya no entusiasma como antes. Hoy pesan más las dudas sobre sus efectos reales y también las advertencias de especialistas que recuerdan que estos ajustes descolocan el reloj biológico, sobre todo en niños, personas mayores y cualquiera que el lunes tenga que aparentar normalidad desde primera hora. Vamos, que en Igea amanece mañana con una hora menos y con la vieja promesa de siempre, perder un poco de sueño para ganar un poco de tarde.