La tradición oral riojana constituye un valioso patrimonio cultural transmitido durante generaciones a través de cuentos, leyendas, canciones y relatos populares conservados en la memoria colectiva, especialmente en el ámbito rural. Este legado, que estuvo durante mucho tiempo en riesgo de desaparecer, ha sido recuperado gracias al trabajo de investigadores que recorrieron pueblos recogiendo testimonios directos de sus habitantes, en especial de las personas mayores, auténticas depositarias de estas historias .
En este contexto destacan obras fundamentales publicadas por el Gobierno de La Rioja, como Cuentos riojanos de tradición oral (2002) de Javier Asensio y Leyendas de La Rioja (2001) de Diego Esquide. Estos autores realizaron una importante labor de campo, documentando relatos transmitidos oralmente y contribuyendo a su conservación y difusión. El trabajo de recopilación incluyó localidades como Igea, donde colaboraron informantes como Carmen Sanz Jiménez, Inocente Arévalo Garijo y Visitación Jiménez Álvarez, cuyos testimonios permitieron preservar una parte esencial de la memoria cultural riojana.
Esta serie de publicaciones pretende acercar al lector a ese mundo de historias populares, rescatando no solo los relatos, sino también el contexto humano y cultural en el que surgieron, poniendo en valor la importancia de la tradición oral como elemento vivo de identidad colectiva.
Inocente Arévalo Garijo
Realizaban sus aquelarres las brujas de Igea en el monte que denominaban "Baltearín". En las silenciosas noches de luna llena, los vecinos escuchaban unas extrañas y alejadas voces que repetían constantemente:
Lunes, martes, miércoles; tres
Jueves, viernes, sábado; seis.
Era conocida en la localidad una anciana de muchos años, peculiar por sus largos cabellos y por sus costumbres raras. Era apodada "la tía Jesusa". Al anochecer, se alejaba del pueblo intentando no ser vista, mirando constantemente hacia atrás y con temor de ser observada. Esto trajo como consecuencia que pronto fuera difundido el rumor de que había sido vista en el campo, recostada sobre el suelo rodeada de velas, que con su luz y la obscuridad se veían misteriosas figuras. En el silencio de la noche se escuchaba una voz en forma de plegaria y se apreciaban fantasmales sombras.
Una de esas noches, unos jóvenes se encontraban merodeando el lugar. La luna y las estrellas brillaban más que en otras ocasiones. Los jóvenes desde la distancia distinguían las casas del pueblo, y destacaba entre todas la torre de la iglesia. De pronto, un cordero cruzó el camino con paso veloz y asustado y en su carrera tropezó con un arbusto, lo que aprovechó uno de los jóvenes para atrapar al cordero, al que sujetó por las patas.
- ¡Buena pieza hemos logrado - exclamó muy contento -! Mañana podemos hacer un buen banquete. Al terminar de decir estas palabras sonaron las campanas de la iglesia que anunciaban las 12 de la noche. - ¿Qué hora ha sonado? preguntó el joven que tenía el cordero, - Las doce - contestó el cordero con la inconfundible voz de la tía Jesusa.
Aterrorizados, empezaron a correr y quedó en libertad el cordero. En sus oídos seguían escuchando una estridente risa que retumbaba en el silencio de la noche.