Un último tardeo en el C.S.I. con sabor a “gracias"

Un final de etapa en el C.S.I.
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Vídeo: Peter Sáez


Hay despedidas que no se hacen con discursos largos ni con solemnidad de teatro. Se hacen como a Igea le gusta, con mesa puesta, con “¿te pongo un poco más?” y con esa mezcla de risas y pellizquito en el pecho que aparece cuando te das cuenta de que se cierra una etapa. Así ha sido el almuerzo-comida que organizó Esme como último tardeo en el Centro Social de Igea (C.S.I.), antes de su salida.



Porque el C.S.I. no es solo un bar, ni un comedor, ni un lugar donde echar el café y mirar el móvil. Es un punto de encuentro. Un “¿qué vida?” dicho de verdad. Un refugio cuando fuera aprieta el frío y dentro se calienta la conversación. Y, en buena parte, ese ambiente tiene nombre propio: Esme. Con su manera de llevar el centro, de estar pendiente de todo sin hacer ruido, de sacar adelante las comidas y el bar de diario como quien sostiene una casa grande donde siempre hay alguien entrando y saliendo.

El almuerzo-comida tuvo ese aire de reunión familiar, de las que empiezan temprano y acaban con la sobremesa alargándose sin pedir permiso. Se notaba que no era un día cualquiera. Se notaba en los saludos, en las miradas cómplices, en los “¡madre mía, cómo pasa el tiempo!” y en esa sensación de estar viviendo algo que, dentro de unos meses, se contará con una sonrisa: “¿Te acuerdas del último tardeo de Esme…?”


Y es que estos momentos tienen algo de álbum de fotos, aunque no se saque la cámara. Quedan guardados en la memoria del pueblo: el ruido de los platos, el tintineo de los vasos, los corrillos que se forman solos, las partidas de los abuelos, y esa sobremesa que en Igea es casi una institución.

Entre bocado y bocado, también se coló la nostalgia. No la triste, sino la que sabe a gratitud. Porque cuando alguien ha estado ahí día tras día, atendiendo, organizando, resolviendo, poniendo orden y cariño a la vez, el pueblo lo nota. Y cuando llega el momento de decir, sin quererlo “hasta aquí”, lo mínimo es devolver un poco de todo lo recibido: con aplausos, con palabras bonitas, con un “gracias, Esme” dicho sin florituras, pero con el corazón en la mano.


Eso sí: el C.S.I. de Esme todavía no baja la persiana del todo. Seguirá funcionando con normalidad, comidas, bar de diario y cenas, de momento hasta Reyes. Así que aún quedan días para acercarse, compartir un rato, y apurar esta recta final como se apuran las cosas buenas: sin prisas y con cariño.


Luego vendrá lo nuevo, lo que toque, lo que esté por llegar. Pero lo vivido no se borra. En un pueblo, las etapas se quedan pegadas a los lugares. Y el Centro Social, durante este tiempo, también ha sido un poco “el Centro Social de Esme”.

Al final, lo importante de un sitio así no son solo las sillas y las mesas: es lo que pasa alrededor de ellas. Y este último tardeo, con almuerzo y comida, fue exactamente eso: una forma sencilla y muy igeana de decir adiós… y, sobre todo, de decir gracias.

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