Esme: "Muchas gracias por vuestro apoyo"

Se apagan las luces, se enciende la memoria
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Anoche, miércoles 14 de enero, el Centro Social de Igea bajó la persiana con un nudo en la garganta. Esme cerró tras 12 años al frente y lo hizo como se despiden las cosas importantes en un pueblo, con gente dentro. Amigos, allegados, vecinos de siempre y también quienes pasaban por allí pero en realidad venían a lo mismo, a decir gracias, a darse un abrazo, a apurar una última conversación apoyados en la barra que tantas historias ha aguantado sin despeinarse.


Porque el CSI no ha sido solo un bar. Ha sido ese lugar donde el reloj va a otra velocidad, donde se arregla el mundo en cinco minutos, donde se discute de fútbol, de política, de cosechas y de la vida, donde una tarde cualquiera puede convertirse en una de esas tardes que luego se recuerdan durante años. Y Esme, con su manera de estar y su paciencia de oficio, ha sido durante más de una década la persona que ponía orden al caos, café a la mañana y calor a los inviernos.


Igea se queda, de momento, sin “el Jubilado”

Con el cierre llega una realidad que duele por lo sencilla que es, Igea se queda por el momento sin “el Jubilado”. Y eso, en un pueblo, no es una anécdota. Es un cambio de ritmo. Es perder un punto de encuentro cotidiano, un termómetro social, una pequeña plaza interior donde se cruzan generaciones, donde se acompaña sin preguntar demasiado.


Y el contraste se notó hoy,  jueves 15 de enero, desde bien temprano. Los mayores, los que dependen de lo práctico y también de lo humano, habrán recibido el servicio de comida en sus casas de mano de la Mancomunidad (Cervera). Servicio cumplido, sí. Pero que nadie se engañe, una fiambrera puede alimentar, pero no sustituye el “¿qué vida?” que se dice mirándose a los ojos en una mesa compartida con naipes.


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Un futuro en el aire… y una pregunta incómoda

El futuro del Centro es incierto. Y aquí conviene dejar la nostalgia a un lado un segundo para mirar lo que venimos contando desde hace días, no hubo ninguna solicitud para hacerse con el negocio. La licitación quedó desierta y, por más que se quiera vestir con tecnicismos, el mensaje que recibe la calle es claro, algo no estaba cuadrando.


Durante semanas se habló y no precisamente en voz baja, de condiciones exigentes, de un pliego que parecía más pensado para una gran empresa que para alguien del pueblo con ganas de levantar la persiana cada mañana. También se discutieron formas, la sensación de poca transparencia en algunos momentos, el malestar por cómo se comunicaron ciertas cuestiones y aquel episodio en el que, cuando se esperaba un acto realmente público, hubo vecinos que se quedaron fuera mientras se comprobaba si había candidaturas. Detalles, sí… pero en los pueblos los detalles pesan, porque construyen confianza o la rompen.

Y, mientras tanto, la realidad avanzaba por su cuenta, Esme se despedía, el centro se vaciaba, y el pueblo veía venir el silencio.


Lo que se pierde no es solo un servicio

En estos días se ha dicho mucho eso de “ya se solucionará”. Ojalá. Pero conviene nombrar lo que se pierde cuando un centro social se cierra aunque sea temporalmente, se pierde rutina compartida, se pierde acompañamiento, se pierde vida en mitad de la semana, se pierde el lugar donde el que vive solo puede sentirse menos solo sin tener que explicarlo.

Por eso la despedida de anoche tuvo algo de fiesta y algo de funeral. Risas, sí. Bromas, también. Pero debajo, una certeza, el CSI era una pieza enorme y a la vez esencial del puzle de Igea.


Gracias, Esme. Y ahora, responsabilidades

A Esme se le podrá decir de mil maneras, pero hay una que no falla, gracias por sostener. Sostener el trabajo diario, los días buenos y los regulares, la barra llena y la barra vacía, los eventos, las comidas, los inviernos largos y los veranos con prisa. Doce años no son una etapa, son una parte de la historia reciente del pueblo.


Y ahora toca otra palabra que también hay que pronunciar, responsabilidad. Del Ayuntamiento, de la oposición, de quienes redactan pliegos, de quienes deciden cómo se comunica y cómo se invita... o no,  a la participación. Porque si el centro no encuentra relevo, no basta con encogerse de hombros, habrá que preguntarse qué condiciones pedimos, a quién se las pedimos y si de verdad queremos que alguien pueda asumirlas.


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Esme no quiso irse sin decirlo en voz alta. Agradeció, con la emoción a flor de piel, el apoyo de todos estos años, a quienes entraron solo a por un café y acabaron haciendo familia, a los mayores que encontraron compañía diaria, a las cuadrillas que llenaron de vida el CSI y a los vecinos que, incluso en los días difíciles, siguieron empujando para que aquello no se apagara. Y confesó algo que muchos compartían en silencio, que le habría gustado acabar de otra manera, con un relevo claro y un futuro menos incierto, sin la sensación de cerrar una puerta que debería haber quedado entornada para que el pueblo siguiera entrando.


Anoche se apagaron las luces. Pero lo importante, lo que no debería apagarse, es la voluntad de que el Centro Social vuelva a ser lo que era, un lugar donde Igea se encuentra consigo misma. Y eso, aunque suene sentimental, no es poesía, es supervivencia.

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