Igea se ha despertado hoy un poco más silenciosa. Se nos ha ido Ángel Jiménez, el Sastre, a los 95 años. Y cuesta escribirlo porque hay personas que no solo pasan por un pueblo, lo sostienen sin hacer ruido, con su forma de estar, de mirar y de tratar a los demás.
A Ángel lo recuerdo como se recuerda a los buenos. Cercano, siempre dispuesto a la charla tranquila, con esa sonrisa que no era de compromiso, era suya. Tuve el lprivilegio de conversar con él varias veces sobre la historia de Igea, de esas conversaciones que empiezan con una anécdota y terminan enseñándote algo que no estaba en los libros. También pude entrevistarlo para que contara un poco de su vida. Y lo hizo como era él, sin alardes, con sencillez, con una honestidad que hoy se echa tanto de menos.
Apasionado de los encierros y testigo en primera fila, deja imágenes que ya forman parte del paisaje de las fiestas y la suya, delante del número 44 de la Calle Mayor, es una de esas estampas típicas de cualquier celebración igeana. No hacía falta buscarlo, sabías dónde estaba. Y, de algún modo, su presencia daba tranquilidad, como si las fiestas también se apoyaran en quienes las han vivido una y otra vez, con respeto y emoción.
Durante años vistió a los igeanos con elegancia, con oficio y con paciencia. Pero si algo repartió de verdad fue otra clase de elegancia, la que no se cose con hilo. La de la caballerosidad, los valores, el cariño hacia todos. La de saludar bien, escuchar mejor y dejar a cada persona un poco más a gusto de cómo estaba antes de hablar con él.
Con su marcha sentimos que se va un trocito de esa generación noble que vivió circunstancias muy especiales y aun así supo levantar vida, familia, trabajo y comunidad. Gente que no pidió aplausos y sin embargo, nos deja motivos para estar orgullosos de ellos y de ellas.
Ángel ya está junto a su esposa Villar. A quienes lo quisieron de cerca, a quienes compartieron mesa, calle, oficio o conversación, les queda la pena y también el privilegio de haberlo tenido.
Todo el apoyo y nuestro abrazo para sus cuatro hijos, Ángel, Jesús, Roberto y Ricardo, y para sus esposas, nietos y toda su familia. Igea os acompaña en el dolor y también en el recuerdo, porque hay personas que no se van del todo. Se quedan en las historias que contaron, en la manera en que trataron a los demás y en ese rincón de la Calle Mayor donde muchos, sin decirlo, lo seguirán viendo.