Ricard Fadrique, un barcelonés con raíces familiares en Igea, ha dedicado más de dos años a reunir testimonios, fotografías y escenas de la vida cotidiana para dar forma a Igea, retrato de un pueblo riojano, un libro que se presentará el 2 de mayo en la localidad riojana. El proyecto nace de una idea sencilla y poderosa. Guardar la memoria de un pueblo pequeño antes de que se pierda, y hacerlo desde dentro, con la voz de sus vecinos y la mirada de quien volvió a la tierra de su familia.
Un libro contra el olvido
Hay pueblos que parecen quedar fuera del foco, pero no fuera de la historia. Igea es uno de ellos. Y eso es precisamente lo que Ricard Fadrique ha querido discutir con hechos, con imágenes y con memoria compartida.
Su libro no parte de una gran institución ni de un archivo oficial. Parte de una necesidad. La de recopilar la historia reciente de una localidad para la que, según explica el autor, no existía una obra similar. En un pueblo pequeño, donde todo parece saberse, también hay mucho que desaparece si nadie lo ordena y lo cuenta.
Fadrique llegó hace algo más de cuatro años a La Rioja, la tierra de su familia paterna. Desde entonces fue tirando del hilo. Preguntó, escuchó, tomó café con los mayores y fue armando una narración coral que habla tanto del pasado como del presente.
La fuerza de las voces mayores
Uno de los pilares del libro está en los testimonios orales. Fadrique se sentó con vecinos de más de 90 años que todavía conservan una memoria sorprendentemente viva. En esas conversaciones aparecieron escenas de otro tiempo, inviernos duros, nevadas que aislaban el pueblo y una forma de vida mucho más áspera que la actual.
Ahí está buena parte del valor de la obra. No se limita a reunir datos. Recupera experiencias. Y al hacerlo, pone rostro y tono a una historia que muchas veces se resume de forma fría bajo etiquetas como la España vaciada.
Un archivo visual de la vida cotidiana
Si las palabras sostienen el relato, las imágenes le dan cuerpo. La fotografía ocupa un lugar central en el libro. Durante dos años, el autor documentó lo que ocurría en Igea y, al mismo tiempo, fue reuniendo fotos antiguas que los propios vecinos guardaban en sus casas.
Ese material, en muchos casos deteriorado, ha sido restaurado con ayuda de inteligencia artificial. Gracias a ese trabajo reaparecen escenas que hoy tienen algo de asombro y algo de espejo. Un fotógrafo ambulante con su Vespa, la llegada del primer coche al pueblo, las caballerías, las calles antes de su transformación. No son solo estampas antiguas. Son pruebas de cómo cambia una comunidad sin dejar de ser ella misma.
Historia local con nombre propio
El libro también se detiene en personajes históricos y tradiciones de Igea que, con el paso del tiempo, han ido perdiendo presencia entre los más jóvenes. Figuras como el Marqués de Casatorre o el obispo Minguella encuentran aquí un espacio de divulgación cercana, sin solemnidad innecesaria.
A eso se suma la tradición taurina, en especial los encierros, muy ligada a las fiestas del municipio. Las imágenes antiguas permiten entender mejor una afición que sigue muy viva en la zona y muestran, además, hasta qué punto han cambiado las formas de vivirla.
Un tesoro para los que están y para los que se fueron
Ricard no esconde cuál es su deseo. Que el libro sirva para activar conversaciones, remover recuerdos y reforzar el vínculo de quienes siguen en Igea y de quienes viven fuera pero mantienen allí sus raíces. En muchos pueblos, la memoria también viaja. A veces se va a otra ciudad, a otra comunidad, incluso a otro país, pero no desaparece.
Por eso Igea, retrato de un pueblo riojano aspira a ser algo más que una publicación local. Quiere convertirse en un objeto familiar, de esos que se enseñan con orgullo y se hojean despacio. Un libro para recordar de dónde viene cada uno. Y, sobre todo, para que un pueblo no tenga que esperar a perder su memoria para empezar a cuidarla.
Resumen de la entrevista en La SER Rioja por Javier del Pino